26 ago. 2009

Cuento Sin Nombre. Parte I


…El ambiente esta caliente. La ropa se adhiere a la piel de un modo insoportable, el cabello se pega al cuello, las gotas de sudor corren por la frente y desembocan en la boca dejando su sabor salado, la respiración es cada vez más difícil y entrecortada, la densidad del aire no permite que éste entre a llenar tus pulmones y te mueres ahí, suspendido en el abismo. Te asfixias y no puedes gritar por el temor a que se escape por tu boca el último aliento que tienes para vivir un segundo más. Quieres moverte, e intentas sacudirte inútilmente para darte cuenta de que todos tus miembros son más pesados que tu mismo y no tienes la fuerza necesaria para arrastrarlos.
Entonces, solo entonces, deseas morirte de una vez. De esa forma no tienes que seguir soportando el asqueroso calor, tampoco necesitarás respirar y se disipará todo miedo. Ahora si la muerte parece seductora, hasta le ves cuerpo de mujer; incluso encuentras cierto parecido con la puta que te tiraste una noche anterior… Pero a diferencia de ésta, la muerte no se entrega, solo se ríe de ti y camina en círculos a tu alrededor y sus ojos repasan todo tu cuerpo; finalmente se acerca y acerca su cuerpo al tuyo, y cuando crees que finalmente vas a poseerla y terminar con tu martirio… dejas de navegar en tu café.

…Está asqueroso, ni siquiera tiene sabor a café, pero cuando tu economía no da para más y tu vicio persiste en que lo satisfagas, terminas tomando cualquier cosa que se le parezca.
Le pones mas azúcar para disfrazar el sabor de agua estancada mientras escuchas a la pareja de al lado discutir otra vez, pero la discusión la sofoca la sinfonía número nueve de Beethoven que escuchas todos los días, de todos los meses, desde que tienes memoria.
Cierras las persianas de la ventana como todas las mañanas, ese maldito duende siempre ha de abrirla en la noche para intentar derretirte con la luz del sol.
Abres la gaveta apolillada para sacar algo que calme tu hambre, pero solo encuentras el mismo pan rancio con moho que te prepara tu instinto de sobrevivencia; te lo comes resignado.
Luego te diriges a la esquina del cuarto que utilizas como baño: una bacinica, una cubeta con agua que nunca tienes que preocuparte por llenar por que siempre el mismo duende que intenta matarte con la luz, te prepara el baño; y la mitad de un espejo…espejo que has tapado con una franela negra, en un principio para no descubrir una nueva arruga en tu cara, ahora solo por costumbre y por que te has olvidado de cómo eres. Tampoco te interesa saberlo.


Abres el compartimiento que tienes en tu pecho, te sacas el corazón –como todas tus rutinarias mañanas- para empezar el ritual ya acostumbrado. Intentas que no se enreden las arterias en el momento de sacarlo de tu pecho, y tienes especial cuidado con la arteria azul. Mientras late el corazón en tu mano buscas la cinta métrica – ¡ese estúpido duende todo lo mueve de su lugar!- finalmente la encuentras dentro de la bacinica, esta algo oxidada, la frotas con tu pantalón, y entonces mides el diámetro y circunferencia de tu corazón esperanzado de que haya aumentado un poco, pero te das cuenta que ha perdido medio centímetro… Vuelves a acomodar las arterias y levantas las costillas para acomodar tu palpitante corazón en el pecho otra vez. Apuntas el nuevo dato en una gráfica que tienes en la pared.


El día está como todos los días de un caluroso verano, nublado y con un frío que te entume todo lo que desde la noche anterior tienes entumido. Aún así te dispones a salir a la plaza de armas para ver con cierta repulsión a la anciana que alimenta esas horribles palomas con cuerpo de esfinge… ahora lo recuerdas, la franela negra está en el espejo desde que viste el ultraje de ser viejo a través de esa anciana. Te pones la bufanda alrededor del cuello y una gabardina negra que cuando te la pones, notas que las mangas te quedan seis centímetros abajo de la muñeca…Que extraño, me estoy encogiendo… y con éste pensamiento sales de tu departamento número 3, mientras ves a la mujer de al lado que sale con una destartalada maleta azotando la puerta y cuando pasa frente a ti te sonríe, esfuerzo que tu sabes inútil por que puedes ver que se esta pudriendo.


La Maga**