6 sept. 2009

Cuento Sin Nombre. Parte II


Bajas los treinta y dos escalones, sales por el callejón y cruzas la calle hacia la Plaza de Armas. Después de sentarte en una desgastada banca, sacas del bolsillo de tu gabardina: un libro de Julio Cortázar, dos insignificantes monedas para alimentar tú también a las horribles palomas con cuerpo de esfinge, un paraguas por que empezará a llover en cualquier momento, un sucio pañuelo por que todavía sientes las lagañas que te pegan las pestañas y no te permiten abrir los ojos por completo, la llave del compartimiento de tu pecho que vuelves a guardar por que la sacaste por error, y finalmente, una boina café horrible que a ti te encanta por que te hace sentir como Oliveira en París momentos antes de volver a Argentina.

Mientras sientes los arañazos en tus piernas que te hacen las palomas con sus pequeñas garras de león mientras las alimentas, observas que todo es como siempre… En la cafetería de la esquina la mesera sirve café en tres tazas diferentes, la anciana de las palomas sangra sin parar de las piernas mientras alimenta a las palomas, un niño juega a carbonizar hormigas con una lupa mientras su elegante madre habla con otra mujer sobre la prestigiosa escuela donde el niño empezara a estudiar después del verano para ser abogado cuando sea adulto; ahí te das cuenta lo grandes que son los abogados, nunca rompen las leyes… juegan con su maleabilidad. Maleabilidad que pudre a pobres en la cárcel y compra viajes a los ricos.

De pronto, cuando ves que la anciana se ha quedado ya sin una pierna y sólo cuelga un pedazo de hueso, empiezas a sentir que tu también sangras y decides que es mejor perderte en algún otro lado, por lo que guardas todo en el bolsillo de tu gabardina y caminas hacia la cafetería…

Ya ahí, te tomas cinco tazas de café, ahora si de café y no de agua estancada, mientras te dispones a observar la intimidad de cada uno de los que comparten tu espacio.

Primero te fijas en la mesera a la que no le falta hombre que la desnude con los ojos cada vez que se inclina para servirles más café, tiene las manos manchadas, deformes como se deforman cuando los viejos tienen artritis reumatoide deformante, toda ella está encorvada y la calvicie de su cabeza no es uniforme, tiene los ojos en blanco y está ciega, sólo tiene tres dientes que mas bien parecen pedazos de madera podrida por el agua.

Luego observas al elegante burócrata que toma té a las seis de la tarde; arrastra pesadas cadenas de sus tobillos, tiene toda la espalda flagelada de la misma manera que el gobierno lo hace para sacar confesiones a los presos, en su portafolios no carga más que con la humillación de las violaciones en prisión con su firma en la esquina inferior derecha del documento, y en una mano mutilada carga una fotografía de una familia que no gana ni el salario mínimo.

Después ves a un triste cuarentón de pelo enmarañado que toca su guitarra; viste bien y sin lujos, con lo que es justo y necesario, la sonrisa se le desborda de la cara y te das cuenta que en la tercera mano tiene un corazón palpitante como el que tu mides todas las mañanas, con la diferencia que el de él tiene un tamaño considerable y late a un ritmo constante, mientras su mano lo ofrece a todo el que pasa junto a él.

Sin darte cuenta, has derramado el café y entonces, cansado de ver la fascinante realidad de esa gente, te vas de la cafetería dejando como cuenta una deuda de cinco monedas.

….Llegas a tu departamento en la noche, a la hora que los lobos se comen a las zorras, te encierras, haces toda necesidad fisiológica cerciorándote antes de que el duende no volvió a poner ahí la cinta métrica.

Finalmente, como todos los días y todas las noches, cansado de tu realidad te metes en la taza del ficticio café; te cuesta menos trabajo que la noche anterior a la anterior –ya que la anterior estuviste ocupado en otro asunto- y, como lo comprobaste al ponerte la gabardina esa mañana, te estás encogiendo.


La Maga*

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