30 may. 2008

III


Y mis oídos crisparon de dolor mientras escuchaban atentamente la crónica de sucesos posteriores a nuestra muerte que has ocultado con tanta gracia que casi lograste pasaran desapercibidos.
Pero las palabras ajenas se transportan a mi tímpano, enviando señales eléctricas a las neuronas que necias transmiten sensaciones a mi corazón.
Y entonces la punzada de dolor se conjuga con la inercia de la sonrisa falsa, de acusaciones fatales, de cuestionamientos inútiles y de una caída infinita en el túnel oscuro y frío de Sabato.
El malestar lo provoca darme cuenta que la ilusión se propaga en todas nuestras realidades. Que el pasado no goza de resurrección, que el presente no existe y el futuro jamás podrá pactarse. Que nuestro discurso se burla a mi espalda y que, por si no fuera suficiente la ráfaga de acontecimientos mediáticos, descubro que mis alucinaciones matemáticas tienen más vida que tu corazón inerte y que no sólo perteneces a la noche de su cabello, sino que además te arrastras dulcemente obedeciendo el conjuro esquizofrénico que emana de sus más sombrías pretensiones.
Y entonces mando que arda en la hoguera la hechicera y a ti te contemplo vaporosamente incinerado junto a ella mientras emito palabras apenas leves conjurando nuestras resurrecciones paralelas.

La Maga**

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