30 may. 2008

Séptimo Pecado


No es sólo tu mente. Es la mente humana la misma mula terca que se obstina en materializar acciones contrarias al deber pero íntimamente ligadas a las más profundas pretensiones, fantasías y querencias endemoniadas.
Sin embargo, y aún con mi condición humana a cuestas, me vislumbro victoriosa sobre el pecado más mortal, el agravio más profundo contra el amor puro y apasionado; y miro hacia abajo y encuentro el cofre sagrado de tus reliquias -nuestras reliquias- consagrado al dios poderoso y magnánimo de siete unidades, custodiado por siete ángeles, por siete picas, por siete talismanes, rodeado de flores azules y música blanca.
Impenetrable, inquebrantable, con siete candados asegurados por tu magia.
Protegido por fuego eterno que arde sin consumir la madera preciosa.
Pero tu cofre ya no arde, se extinguieron las llamas con las lágrimas incontenibles de mis ojos de vidrio. Abierto de par en par. Lo has prostituido con un alma ajena al dios perfecto. Saboteado por un ejército de máscaras falsas, de risas estúpidas, de caricias que nacieron muertas, de entrega pasajera, de felicidad con sabor artificial, con pasión etílica, con besos que te saben a tabaco.
Y la música sonará difusa entre los recuerdos, se disolverá antes de llegar a tus oídos, y tu mano secará al conjugarse con la prótesis extensible que llevas a tu lado, las notas no serán melódicas, guardarán textura de burdel, de piernas abiertas.
Y la dulzura añorada tendrá un sabor amargo, y nunca jamás recuperarás el espíritu desflorado de la palabra fantástica que nos contiene a los dos.
Cuando lo concebiste ya era demasiado tarde. Tiraste el espíritu al vacío. Yo no me iré con él.

La Maga**

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